En
Latinoamérica, el uniforme escolar es una vestimenta tradicional entre los
estudiantes de colegio. Su uso se originó en los centros educativos regentados
por órdenes religiosas católicas. Los defensores del uniforme postulan que
fomenta la humildad, el decoro y el sentido de pertenencia a un grupo. Además, se
cree que disminuye la discriminación entre alumnos. Sin embargo, bajo mi punto
de vista, esta indumentaria es un vestigio del pasado.
En
primer lugar, los uniformes reprimen la individualidad de los niños y jóvenes.
La vestimenta es, en definitiva, un lenguaje no verbal que expresa nuestro modo
de pensar, nuestras elecciones personales y nuestra identificación con subculturas
y grupos de pertenencia. Los estudiantes deben aprender a seguir reglas, es
verdad, pero la personalidad adulta se forma en los años escolares. Ellos
también deben aprender a desarrollarse como personas, experimentar y descubrir
sus gustos.
En
segundo lugar, los uniformes remiten a una ideología de educación castrense y
militarizada. En los salones de clase de Latinoamérica, todos usan la misma
ropa y aprenden las mismas cosas. El reconocido educador británico Sir Ken
Robinson afirma: “En el mundo, no había sistemas educativos antes del siglo
XIX. Todos surgieron para llenar las necesidades de la industrialización. (…)
muchas personas talentosas, brillantes y creativas piensan que no lo son,
porque aquello para lo que eran buenos en la escuela no era valorado o incluso
era estigmatizado”. La ropa homogénea escolar es un rastro de esa mentalidad.
En muchos países desarrollados en la educación, como Finlandia, este enfoque se
ve anticuado y el uniforme también.
En
tercer y último lugar, el uniforme escolar puede ser considerado sexista. En varios
centros educativos la ropa es diferente para hombres y mujeres. Las niñas son
obligadas a usar falda, y eso no les permite hacer las mismas actividades que
sus compañeros varones. Pese a que muchas niñas aman jugar y moverse igual que
los niños, acaban relegadas a la periferia.
En
conclusión, no usar uniforme es casi fundamental para el desarrollo personal y
la autoestima de los estudiantes. Les da
la oportunidad de descubrir su personalidad, mostrar sus gustos y aprender a
definir lo que es más adecuado para ellos.

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