La Universidad de Piura debe su éxito en gran
parte a la organización y la entrega de los trabajadores que no son parte del
cuerpo de docentes. Estas son las historias de algunos de ellos
En un lugar céntrico de la calurosa ciudad de Piura
hay un oasis que no se parece en nada al caos que lo rodea. Afuera, el ruido de
la calle, el polvo y los embotellamientos de tráfico causan malestar y
desasosiego. Pero cuando cruzas una de las puertas del extenso perímetro
cercado de la Universidad de Piura, es inevitable sentir que entraste a otro
mundo.
El sofocante desierto piurano se transforma en un manto verde que convive a la perfección con los edificios de aulas y oficinas. La cacofonía de bocinas del mundo exterior es reemplazada por el agradable bullicio de miles de jóvenes estudiantes, el cantar de los pájaros y el alarido de uno que otro pavo real. En todo el campus de la Universidad se respira tranquilidad, se ve prosperidad y se siente vida.
El sofocante desierto piurano se transforma en un manto verde que convive a la perfección con los edificios de aulas y oficinas. La cacofonía de bocinas del mundo exterior es reemplazada por el agradable bullicio de miles de jóvenes estudiantes, el cantar de los pájaros y el alarido de uno que otro pavo real. En todo el campus de la Universidad se respira tranquilidad, se ve prosperidad y se siente vida.
Este oasis de calma y saber no surgió de la nada. Es fruto
del arduo y continuo trabajo de un equipo de grandes profesionales guiados por
la fe y el espíritu de servicio. El proyecto que comenzó hace 50 años con tan
solo una idea de San Josemaría Escrivá, nueve profesores y noventa y siete
alumnos se convirtió en un referente en la educación peruana, que cuida con
recelo tanto la excelencia académica como la formación humana y cristiana de su
alumnado.
El mérito de sacar adelante esta empresa no es solo de los
directivos y los profesores. La labor vital y escondida de los vigilantes,
jardineros, secretarias y encargados de limpieza es una de las columnas que
sostienen a la Universidad. Muchos de estos trabajadores le han dedicado la
mayor parte de su vida, incluso décadas enteras, al mantenimiento de esta
institución. Dos de ellos – un encargado de seguridad y una empleada – la han
visto crecer y convertirse en lo que es hoy. Estas son sus historias.
48 AÑOS DE MANO DURA
La sabiduría ancestral dicta que a una dama jamás se le
pregunta su edad, pero a María Olga Gutiérrez la sabiduría ancestral le importa
un comino. El único dicho en el que cree con fervor es, en sus propias
palabras: “El diablo no sabe por diablo, sino por viejo”. Le encantan sus 67
años. Los manifiesta, llena de orgullo, a quien se los pregunte. Olga siente
que son el reflejo de una vida bien vivida y bien trabajada, sobre todo, porque
pocos trabajadores pueden alardear de haberse quedado en su trabajo por 48 años
seguidos.
En el año 1970, Olga, recién egresada de un instituto de
secretaría que ya no existe, era admitida como secretaria de la incipiente
biblioteca de la Universidad de Piura, que solo era una habitación del Edificio
Principal. De hecho, el Edificio Principal era la Universidad entera. Tanto la
biblioteca como los servicios administrativos, el rectorado, la secretaría
general y las aulas eran contenidos ahí, rodeados por “mucha tierra, mucha
arena y poca gente”. Las pocas almas que trabajaban en esa empresa naciente lo
hacían por amor al conocimiento, unidos como una familia por la esperanza de
sacar adelante la idea santa de su fundador.
El edificio principal, aún en
construcción, y un desierto con corazón universitario. (Fuente:
Biblioteca UDEP)
En esa época, todos los exámenes, los informes y las tesis se
escribían con una máquina de escribir mecánica. Cualquier equivocación
implicaba volver a empezar la página, y equivocarse era fácil porque no existía
el corrector de palabras mal escritas que hoy se encuentra en cualquier
computadora. La primera carta que Olga, joven y nerviosa por su primer día de
trabajo, mecanografió para su jefe de la biblioteca, no fue sometida a mucho
escrutinio. El jefe recibió la misiva, le dio un par de ojeadas y la rompió en
su cara. “Antes de entregar algo, se revisa”, le dijo. Nunca más se lo tuvieron
que repetir.
En los años posteriores a este incidente, la señora Gutiérrez
fue secretaria en varias facultades. Sin embargo, se convirtió en leyenda en la
oficina de prácticas y exámenes, donde trabajó por 19 años. “En ese entonces,
la oficina de prácticas era de toda la Universidad”, relata. “Yo lidié mucho
con el personal más bravo, que es el profesorado. Yo no tenía contacto con los
alumnos, solo con profesores. Y chocaba mucho con ellos, más que todo por el
tema de horarios. Para mí, la hora es a rajatabla. La hora es la hora, no es
ayer ni mañana. Y a muchos profesores yo les rechazaba las prácticas por ser
impuntuales”. Su personalidad férrea y su apego a las reglas la hizo ser temida
y respetada hasta por los profesores con más autoridad. Uno de sus jefes, por
ejemplo, entró una vez de espaldas a la oficina de prácticas, encorvado y lleno
de vergüenza, para entregarle un mandado con 5 minutos de tardanza, sabiendo
perfectamente que ella no se lo iba a recibir. Por la magnitud de su exigencia,
el nombre de “La Señora Olga” era susurrado con reverencia hasta en reuniones
de directivos.
Desde el 2008, Olga está a cargo del buen funcionamiento de
la librería de la Universidad, y eso le implica tener más contacto con los
alumnos. Ella los trata de la misma forma en la que trataba a los profesores: dando
respeto y exigiéndolo por igual; cumpliendo con su trabajo de forma intachable
y esperando recibir la misma entrega. Por humildad, quizás, no se atribuye su
mérito. Al contrario, se lo relega a la casa de estudios que ha confiado en
ella por todos estos años. “Mi alma, la educación de mi casa y la formación
humana que le da esta institución a sus trabajadores han hecho un trinomio
cuasiperfecto. Aquí he aprendido la responsabilidad, la confidencialidad y
muchos otros valores. Tengo tan bien puesta la camiseta de la Universidad de
Piura que forma parte de mi piel”.
“La Señora Olga” con una sonrisa de oreja a oreja. (Fuente: María Olga Gutiérrez)
EL GRAN HERMANO DEL EDIFICIO E
Alfredo Segundo Requena tiene una memoria prodigiosa.
Recuerda con exactitud la fecha del 2 de mayo de 1988, cuando ingresó a
trabajar como albañil en el cerco que encierra la Universidad. También recuerda
el 19 de septiembre del mismo año, cuando el jefe de vigilancia de aquel
entonces lo vio curioso, receptivo, competitivo, con un deseo insaciable de
aprender, y le dijo “Tú trabajas conmigo”. Recuerda vivamente los cursos de
preparación, tremendos e intensos, donde le enseñaron a manejar armas y
tácticas militares. Se acuerda de cada ladrón que intervino, cada alumno del
que se hizo amigo y cada colega que le tendió la mano. Pero tiene tres rasgos
que superan con creces a su capacidad de retención y evocación: su
perseverancia, su empatía y su gratitud.
Alfredo fue, por muchos años, vigilante y portero. De esos
que son llamados “plomos” por el alumnado, con la vehemencia propia de una edad
rebelde. Trabajaba de lunes a domingo. No descansaba ni siquiera en los
feriados, con la meta de sacar adelante a sus pequeños hijos. Por su esfuerzo,
fue ascendido a supervisor, aunque aún tenía un sueño: Aprender más. Estudiar.
“Cuando convives con alumnos ves las cosas de otra perspectiva, te contagias de
su entusiasmo, de su afán de progreso y te sientes parte de ello. Y todo eso te
va formando, lees más porque quieres averiguar, sientes esta curiosidad del
conocimiento”, confiesa Alfredo. “En mi cargo de supervisor, ahora estoy
trabajando de lunes a sábado solo de día. Y los domingos descanso. ¿Entonces qué hice? Todos los domingos me iba
a estudiar. Durante año y medio, un poco más, quizá. Hasta lograr las
herramientas necesarias para ser un supervisor. Ahora tengo a cargo las cámaras
de vigilancia del edificio de Empresas, pero también me encargo de todo lo que
me pida la jefatura. Y eso me hace no aburrirme, sentirme contento porque soy
útil, a mis 63 años me siento útil”.
El moderno edificio de Empresas en el que Alfredo Requena trabaja como supervisor.
(Fuente: www.udep.edu.pe)
Don Requena es, de hecho, el ojo que siempre vigila al laberíntico
edificio de Empresas, desde una pequeña cabina repleta de monitores, oculta
detrás de una puerta blanca. Pero ese ojo que todo lo ve no es ni pretende ser
como el Gran Hermano de George Orwell. Al contrario, es extremadamente sensible
y empático. Alfredo remarca: “De todas las habilidades sociales, la que me
parece más importante para mi labor es la empatía. Te pones en los zapatos de
otros. Varias veces ha habido indiferencias y malentendidos con los alumnos. En
realidad, los agentes son buenísima gente, solo que tienen que poner su cara
seria. Los alumnos no entienden por su juventud, pero hago mi esfuerzo por
entenderlos y les hablo de tal manera que al final nos damos la mano, y si nos
cruzamos en la calle me saludan. De eso se trata la empatía.”
Aunque don Requena trabaja como un ojo que vela
constantemente por el orden, los ojos de Alfredo -los portales a su alma- se
iluminan de gratitud cuando habla de todo lo que la Universidad le ha dado.
“Cuando ingresé tenía mis hijos chiquitos y hoy día casi todos son
profesionales. La UDEP me ha dado seguridad económica. ¡Y jamás nos falló!
Siempre ha cumplido, nunca se atrasó en un pago. Esto es lo más importante de
esta empresa, que cumple con sus trabajadores. No escatima esfuerzo. Una vez
estuve apoyando en un banco y me di cuenta del esfuerzo que le cuesta a la
Universidad mantener esa línea. Los que no viven ese interior piensan que la
Universidad tiene plata para derrochar, pero no es así. Cuando uno ha vivido en
su interior se da cuenta que es un esfuerzo tremendo que hace día a día, semana
a semana, para quedarse a flote”. Alfredo sonríe y estira su cuerpo. “Cuando yo
entré, los árboles en el campus estaban a la altura de 50 centímetros. Ahora
son unos inmensos árboles. Aquel que no se da cuenta que está en un paraíso, y
no lo goza, estaría ciego, ¿no?” No puedo evitar darle toda la razón.
El paradisíaco campus de la Universidad de Piura. (Fuente: udep.edu.pe)
SUMARIOS:
- La labor vital y escondida de los vigilantes, jardineros,
secretarias y encargados de limpieza es una de las columnas que sostienen a la
Universidad.
- “Tengo tan bien puesta la camiseta de la Universidad de Piura que forma parte de mi piel”.
- “Aquel que no se da cuenta que está en un paraíso, y no lo goza, estaría ciego, ¿no?”
- “Tengo tan bien puesta la camiseta de la Universidad de Piura que forma parte de mi piel”.
- “Aquel que no se da cuenta que está en un paraíso, y no lo goza, estaría ciego, ¿no?”





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