lunes, 3 de diciembre de 2018

LA RUTA DEL FUEGO: Misterio y aventura a dos horas de Piura (reportaje de viaje inedito)


¿Quién dijo que se necesita mucho dinero para conocer todo lo que el Perú tiene por ofrecer? La empresa de turismo Piura Trek tiene la meta de destruir este estereotipo. Ofrece viajes ecológicos, saludables y económicos a destinos olvidados o poco conocidos de la región Piura. En esta ocasión, por tan solo 50 soles, acampé en la playa de Lobitos y me adentré en las mágicas cuevas de Las Capullanas. Acompáñenme en esta aventura.
Hay días en los que el tedio de la rutina, los estudios, el trabajo y el estrés se convierten en una tortura insoportable. Días en los que solo quieres conectarte con la naturaleza. Días en los que quieres dormir bajo un manto de estrellas. Días en los que recuerdas que el internet y la televisión son solo un pobre sustituto de las historias que, desde hace milenios, se cuentan alrededor del fuego. Y en uno de estos días, decidí atreverme a comprar dos boletos para un viaje de aventura en Lobitos, todo incluido, para mí y mi mejor amigo Sebastian. Total, cada boleto solo costaba 50 soles. ¿Qué podía perder?


Nuestra peripecia comenzó a las 5 de la tarde del 31 de octubre, afuera del centro comercial Plaza de la Luna, el punto de encuentro para los participantes del viaje. Un cómodo bus de la compañía Montero nos llevó hasta Talara, donde cambiamos de bus y nos dirigimos al balneario de Lobitos. Todo el trayecto, incluyendo paradas, nos tomó alrededor de 3 horas.
A las 8 de la noche, llegamos a “Relájate”, un hotel en la orilla del mar. El grupo ensambló sus carpas en la playa del hotel. Había una fiesta de Halloween, pero Sebas y yo decidimos caminar por la playa. Fue una de las mejores decisiones que pudimos haber tomado. El cielo estaba cubierto de estrellas por donde lo mires, y la luna de esa noche era la más grande que he visto en mi vida. Con toda la contaminación visual de la ciudad, había olvidado lo hermosas que son las estrellas en la playa.
Cuando volvimos al hotel, se había armado una gran fogata en la playa, perfecta para el frío de la brisa marina. Nos quedamos ahí por un buen tiempo y disfrutamos de la cercanía con el calor. También socializamos con las personas que, como nosotros, decidieron que conversar alrededor del fuego era mucho más divertido que bailar y beber en la fiesta del hotel. Me dormí en mi carpa a las 2 a. m. y finalmente me sentí en paz conmigo misma.


La fogata de esa noche fue propicia para hacer nuevos amigos.

 Al día siguiente, despertamos con el sol, nos pusimos protector solar y nos alistamos para el trekking que tanto habíamos esperado. La orilla estaba repleta de surfers esperando unas buenas olas. Lobitos es una playa perfecta para esta actividad, reconocida en el mundo entero por la calidad de su ola de izquierda. Incluso, este balneario fue sede del Campeonato Mundial de Surf  “Movistar Pro World Star Tours” en el año 2012, entre otros prestigiosos certámenes.
Las carpas en las que pasamos la noche.

Emprendimos la caminata en grupo, sin esperar lo larga que sería. El sofocante calor del sol de mediodía me hizo entender por qué esta ruta se llamaba “La Ruta Del Fuego”. El terreno era incierto, con piedras que rodaban al pisarlas y peñascos muy difíciles de trepar. Pero los paisajes eran espectaculares. Las extrañas formaciones de piedra del camino eran muy llamativas a la vista, y las playas... ¡ni hablar!
Nuestro camino fue largo e incierto, y muchos se quejaron por la intensidad de la caminata.

En varios tramos de la caminata, nos encontramos con tuberías y extractores de petróleo. La historia de Lobitos está muy compenetrada con la historia de las petroleras talareñas. A inicios del siglo XX, en Lobitos se construyó uno de los campamentos petroleros más históricos de Perú y Latinoamérica: Compañía Petrolera Lobitos (CPL). Alrededor de 6000 personas, entre ingleses y locales, se asentaron en la zona en busca del oro negro. La industria del petróleo sigue dándole trabajo a muchos lobiteños. Lamentablemente, los derrames de crudo son cada vez más usuales en la zona, poniendo en jaque la biodiversidad marina y la intangibilidad ecológica del balneario.

Talara y Lobitos viven de la pesca, el turismo y el petróleo. Hay tuberías y máquinas extractoras de petróleo en todos lados.

En las rocas de una playa virgen nos encontramos con un pescador artesanal llamado José. Con una pica y una especie de martillo oxidado, él abría los ostiones que pescó esa mañana. Aún tenía puesta su vieja máscara de buceo, parchada con pedazos de bolsa de plástico y cinta aislante. Y es que José es de esos pescadores, ya casi extintos, que arriesgan su vida a diario buceando en aguas traicioneras para recolectar los moluscos del suelo marino.

José nos enseña un ostión recién abierto.

Después de alrededor de tres horas de constante movimiento, creímos que habíamos llegado al final de nuestro trayecto. Nos dimos con la sorpresa de que aún faltaba la parte más peligrosa y emocionante de este trekking: descender por una cuesta empinada del cerro Capullana con una soga que parecía demasiado débil para resistir nuestro peso. Admito que tuve mucho miedo, pero me ganó el deseo de pisar la paradisíaca playa que nos esperaba tras ese obstáculo inesperado. Mientras que otros se aferraban a la cuerda con todas sus fuerzas y bajaban de espaldas, yo bajé tres cuartos del tramo deslizándome, como si de una resbaladera se tratase. Fue tan divertido que lo haría de nuevo sin dudarlo.
Nuestro arriesgado descenso, que abordé de forma poco convencional.

Por fin, llegamos a las Cuevas de las Capullanas. Según las leyendas de los pescadores más viejos, el nombre se debe a que el conquistador Francisco Pizarro caminó por esta misma playa y dejó caer su espada. Al recogerla, vio en la arena la sombra de una Capullana, una matriarca, gobernante y curandera de la cultura precolombina Tallán. Las cuevas también tienen la fama de ser un lugar donde se enterraron tesoros en la época de los piratas. Además, se cuenta que, si miras el mar desde la cueva en una noche de fin de año, verás galeones virreinales en el horizonte, iluminados por un fantasmagórico resplandor.
Las formaciones rocosas de Las Capullanas tienen una fama mística entre los lugareños.

Intentamos explorar una de las cuevas más profundas con unos amigos que hice en el trayecto, pero nadie llevó linterna. Cuando nos aventuramos demasiado profundo en una de las cavernas, nuestro ruido despertó a una colonia de murciélagos que voló hacia nosotros y nos dio un buen susto.
Nos despedimos del mar con un delicioso baño y caminamos por el mismo tramo, de vuelta al hotel. Cuando por fin llegamos, como a las 4 de la tarde, todos estábamos muy cansados y hambrientos. Comimos un menú del hotel, empacamos y volvimos a casa.
Me dolían mucho los músculos al volver, pero me di cuenta de que el dolor y el cansancio  son pasajeros. En cambio, la satisfacción de haber y conocido un lugar tan maravilloso como Las Cuevas de Las Capullanas es eterno. Me encantó atravesar playas vírgenes, escalar peñascos, compartir amistad alrededor de una fogata, armar una carpa, conocer nuevas personas y esforzarme por llegar a la meta. Y tú, ¿te atreves a cruzar la Ruta del Fuego?

La entrada de una de las muchas cuevas misteriosas de Las Capullanas.

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