lunes, 3 de diciembre de 2018

#QuieroMiPiuraSegura: Unidos por la indignación (crónica inedita)


El 21 de septiembre de 2016, mataron a mi amigo. Le dispararon en el abdomen, a quemarropa, porque defendió a su enamorada de un asalto. Esperó en el hospital por más de dos horas. No lo atendieron por falta de camas. Murió desangrado. Tenía 19 años.




Al día siguiente, Heydi Crisanto Neyra, de 53 años, recargaba el combustible de su carro junto a su marido. Dos hombres en mototaxi se acercaron hacia la pareja para arrebatarle sus pocas posesiones.  
Heydi forcejeó. Su sueldo de profesora de primaria era mísero. Un robo, para ella, implicaba no comer por el resto de septiembre. Pero oponer resistencia era el peor camino que pudo tomar. Falleció al instante, de un balazo directo al corazón. Dejó tres huérfanos.


La ciudad de Piura ya tenía suficiente. En lo que iba del año 2016, ya se habían registrado 393 homicidios y más de 3000 casos de robo agravado. Pero estas dos muertes en menos de 72 horas alimentaron el hartazgo colectivo y detonaron una verdadera revolución social.
Un evento llamado “Unidos por Luis Alfonso” comenzaba a dar vueltas en Facebook. Incitaba a los piuranos a tomar las calles en su memoria. Escribí en el evento que ayudaría en lo que sea posible, sin sospechar que eso cambiaría mi vida por completo. 

Luis Alfonso Salazar quería ser músico, no mártir. Amaba la banda Green Day. Escuchaba sus canciones a todo volumen en su Volkswagen celeste. Amaba también a Brunela, su hermana menor. Ella tenía 3 años cuando él partió. Lo buscó por meses en cada rincón de la casa familiar. Pensaba que estaban jugando una versión prolongada del escondite y que lo encontraría pronto. Solo tenía que buscar un poco más. 
Alf y Brunela.

Alfonso vivía una vida próspera. Roberto, su padre, era uno de los más grandes exportadores de mango de la región. La tragedia lo hizo olvidar y descuidar su negocio. Traté mucho con él en su odisea por obtener justicia. Lo que más recuerdo de él es que nunca se quitaba los lentes de sol. Creo que quería ocultar sus lágrimas. Llegó a confesarme que si la policía no encontraba y enjuiciaba al culpable, él lo mandaría a matar.
 Roberto Salazar.
Hablé con los organizadores del evento en Facebook y me permitieron exponer mis ideas sobre cómo deberíamos proceder. Acuñé el hashtag #QuieroMiPiuraSegura, que le puso un nombre a nuestra causa. Dentro de unas horas, ya era considerada miembro del comité organizador. Tuvimos una primera reunión furtiva, de noche, en un centro de copiado abandonado. Éramos jóvenes, tanto universitarios como recién egresados. No nos conocíamos aún, pero ya nos sentíamos parte de un equipo.

Sabíamos que debíamos proceder rápido, antes de que la indignación popular muera o tome otro nombre. Pero no teníamos ni la menor idea de lo que estábamos haciendo. Estábamos perdidos, improvisando, tanteando, mientras cada vez más personas se sumaban al evento. Decidimos que la marcha principal se llevaría a cabo el 7 de octubre, y que todas nuestras acciones sucesivas serían para promocionarla.

El 23 de septiembre, los organizadores de #QuieroMiPiuraSegura y los allegados de Luis Alfonso nos reunimos frente al hotel Río Verde, que era sede de un foro de empresarios importadores extranjeros. Con pancartas hechas a la ligera, ropa negra y un aspa de cinta aislante en los labios, nos plantamos en silencio. Dentro de poco, llegaron los medios. Era un verdadero circo mediático. Seguimos mudos e inmóviles ante cualquier pregunta o provocación.

Luego de 15 minutos, llegó un enorme contingente policial, con armas y escudos antimotines. Jamás había visto a tantos policías juntos. Les puse flores en los uniformes. Algunos las botaron y otras las llevaron con orgullo. Roberto se quitó el aspa de los labios y gritó “Llegan a proteger a los del foro APEC porque son ricos y extranjeros, pero cuando balearon a mi hijo no llegó nadie”. Esta acción catapultó aun más nuestra popularidad.


Con 16 años, yo era la más joven del grupo. Los otros miembros tenían ideas grandilocuentes y revolucionarias. Querían tumbar al gobierno y poner sus propias reglas. Yo solo quería hacer algo por mi amigo. Faltaba mucho a clases para asistir a las reuniones, que llegaron a ser diarias.

En un carro prestado, recorríamos todos los asentamientos humanos de la ciudad, conversábamos con dirigentes locales y concientizábamos a la población. Entrevistamos a incontables víctimas de inseguridad ciudadana y sus testimonios fueron claves para nuestro manifiesto.

No teníamos dinero, pero recibimos apoyo de todas partes. Fuimos promocionados por famosos peruanos y salimos en televisión nacional. Los taxistas nos reconocían y no nos cobraban pasaje. La marca automotriz Kia nos ofreció los vehículos y los choferes necesarios para dirigir la marcha. El diseño gráfico y la impresión de los volantes que repartimos por todo Piura también fueron gratuitos.

También tuvimos muchos detractores. La Municipalidad fue reacia a darnos el permiso para la marcha, pero la presión de la opinión pública los hizo ceder. Desde el principio afirmamos que nuestra marcha era totalmente apolítica, pero muchos políticos intentaron comprarnos con dinero y puestos de trabajo. Incluso, el Gobierno Regional organizó una marcha por la paz un día antes de la nuestra, para boicotearnos y desestabilizarnos, pero no tuvo acogida.


Hasta que por fin, llegó el gran día, el 8 de octubre. Las universidades piuranas cancelaron sus clases para que los estudiantes puedan apoyar a la marcha. Llegaron delegaciones de toda la región. Más de 20 000 personas acudieron.

La movilización se reunió en tres puntos clave de Piura y se juntó en el centro, en la calle Loreto. Marchamos juntos hasta la Plaza de Armas. La Municipalidad de Piura “invitó” a los dirigentes de la marcha a entrar y conversar, pero en realidad solo nos hicieron esperar en la escalera interna por 10 minutos. Nos dijeron que el Alcalde estaba en una sesión de consejo y no podía recibirnos. Esto también indignó a los participantes.

Nos dispersamos recién en la noche, sabiendo que habíamos hecho algo bueno por Piura. El Gobierno no tomó medidas a gran escala, y eso era de esperarse. Pero manifestamos la ira del pueblo, y el nombre de Luis Alfonso estuvo en boca de todos.

 Muchos recuerdan a Luis Alfonso Salazar como un simple nombre o como el símbolo de la breve insurrección. Yo lo recuerdo como una risa, una canción gritada a todo pulmón en su carro, una confesión, un chiste, una palabra de agradecimiento. Prefiero recordarlo así. Él lo hubiera preferido así. Pero también siento que, gracias a esta idea loca, los que lo llegamos a querer cerramos un círculo. Poco después de la marcha, capturaron y sentenciaron a los responsables de su muerte.

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