jueves, 11 de julio de 2019

Vagabundos en banca de oro (Opinión, inédito)

El público peruano y su falta de interés en el buen cine nacional.

El nacimiento de la industria cinematográfica peruana conllevó el nacimiento de un prejuicio muy arraigado en nuestra población: El cine peruano tiene tramas pobres, aburre y es malo. En las últimas dos décadas, una nueva ola de cineastas nacionales produjo filmes de muy alta calidad y reconocimiento internacional. Sin embargo, carecen de acogida en las salas de cine de la capital, y ni siquiera son proyectados en provincia. Esta lamentable situación es un síntoma de una problemática mucho más grande, incrustada en la cultura peruana desde la época del virreinato.  
El cine peruano está atravesando un boom innegable. Las películas “Contracorriente” y “Wiñaypacha” acumularon una treintena de premios internacionales cada una, “Octubre” logró un premio del jurado en el festival de Cannes y “La Teta Asustada” fue nominada al premio Oscar a la mejor película de habla extranjera. Un ejemplo mucho más reciente de este renacimiento es “Retablo”, una cinta que refleja y en idioma quechua, el tabú de la diversidad sexual en el mundo del Ande. La calidad fílmica, cinematográfica y temática de “Retablo” le garantizó gran cantidad de prestigiosos galardones alrededor del mundo. ¿Pero en Perú? Salas vacías y fracaso de taquilla.

Un proverbio muy usado en nuestro léxico es “Producto peruano, producto malo”. No importa si es una película, un jabón, un novio o una educación universitaria: Nuestra cultura valora lo extranjero, lo importado, lo que no es nuestro. No confía en sus propias capacidades para superar al resto del mundo en cualquier categoría.

El director peruano Fabrizio Aguilar dijo una vez: “No importa lo talentosos que podamos ser, el monstruo americano ha comprado gustos y conciencias”. El mundo entero está acostumbrado a los códigos y patrones del cine de Hollywood. Los arquetipos predecibles del bueno, el malo, el conflicto y el beso del final carcomen los cerebros de los consumidores de entretenimiento barato. Están tan acostumbrados a estas historias que rechazan cualquier película que no se ajusta a ellas.


Los peruanos no van al cine a ver una película nacional porque esperan que sea mala. Las cadenas no reciben ganancias cuando las exhiben, así que deciden proyectarlas en salas selectas de la capital por tiempo muy limitado. Es un círculo vicioso eterno

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